Los recuerdos de aquel día están inevitablemente acompañados del olor a humo con el que accedió al salón aquella tarde. Había abandonado el domicilio paterno pocos minutos después de terminar de comer, sin esperar a que el resto de familiares con los que compartía la mesa hubieran acabado de desmenuzar el postre. Quería escapar de las conversaciones y los comentarios que poblarían la sobremesa, de los juicios a los que se sometería su actitud en cuanto las servilletas se alejaran de los labios y reposaran sobre el mantel expectantes, sabedoras de la batalla que se iba a librar. Limpia. Sin rastro. Pero hiriente como la que más. La intervención de su padre con una pregunta con entonación trivial abriría la tortura. Seguramente querría saber acerca de su nueva pareja, de su situación económica. Juzgar su clase social, como acostumbraba. Él seguía siendo la pieza de cartón desgastado que todos pretendían hacer encajar en su puzle original. Sin considerar la posibilidad de que hubiera sido él quien decidiera cortar sus esquinas para no poder ensamblarse nunca más en el ambiente aristocrático que del aliento de sus padres emanaba. Parejo a la ira que esto provocaba. Después de su progenitor, sería su hermano quien intervendría. Sin apelarle, iniciaría una conversación con sus padres destinada a poner de manifiesto todas las fallas que ameritaban que fuera repudiado de inmediato. Tan solo su madre abogaría en algún momento por él, quizás para sentir que el cobijo que durante nueve meses le había brindado no había sido completamente un error. Su vida debía discurrir muy lejos de allí, y sin embargo le era difícil escapar de esas comidas.
Observando su reflejo en la quinta copa que le dispensaban había tomado la decisión. Que el almuerzo que acababan de degustar se tiñese de última cena. Eran el destino al que las continuas descalificaciones habían conducido. Escaló hasta el cuarto piso internado en la cabina del ascensor. Abrió la puerta y observó durante varios segundos la silueta de su madre mientras limpiaba los platos que había decidido aparcar para disfrutar de un descanso en la sobremesa. Continuó avanzando por el pasillo y amagó detenerse frente al cuarto donde su hermano seguramente invertiría la tarde al completo en comprobar datos y cifras que le valiesen un reconocimiento con el que después presumir en la próxima cumbre familiar. Al final del corredor su padre ocultaba los ronquidos con la puerta de su dormitorio. Nada acorde con el papel de afamado empresario.
Finalmente se introdujo en su habitación, rebusco bajo el colchón y extrajo el revólver con el que se sufragaba las dosis que le habían conducido hacia la historia que escribía con jeringuillas sobre papel plata. Encañonó el espejo anclado a la puerta de su armario y contempló su frente dividida por el punto de mira. Se alejó del guardarropa y continúo con el arma aferrada a su mano derecha mientras volvía sobre sus pasos en dirección a la cocina. Una vez allí, elevó el brazo hasta colocarlo en perpendicular a su espalda. Elevó la pistola hasta la altura del pecho de su madre y se la tendió descargada como ofrenda de contrición.

