domingo, 2 de septiembre de 2012

Relámpago en la oscuridad

Los recuerdos de aquel día están inevitablemente acompañados del olor a humo con el que accedió al salón aquella tarde. Había abandonado el domicilio paterno pocos minutos después de terminar de comer, sin esperar a que el resto de familiares con los que compartía la mesa hubieran acabado de desmenuzar el postre. Quería escapar de las conversaciones  y los comentarios que poblarían la sobremesa, de los juicios a los que se sometería su actitud en cuanto las servilletas se alejaran de los labios y reposaran sobre el mantel expectantes, sabedoras de la batalla que se iba a librar. Limpia. Sin rastro. Pero hiriente como la que más. La intervención de su padre con una pregunta con entonación trivial abriría la tortura. Seguramente querría saber acerca de su nueva pareja, de su situación económica. Juzgar su clase social, como acostumbraba. Él seguía siendo la pieza de cartón desgastado que todos pretendían hacer encajar en su puzle original. Sin considerar la posibilidad de que hubiera sido él quien decidiera cortar sus esquinas para no poder ensamblarse nunca más en el ambiente aristocrático que del aliento de sus padres emanaba. Parejo a la ira que esto provocaba. Después de su progenitor, sería su hermano quien intervendría. Sin apelarle, iniciaría una conversación con sus padres destinada a poner de manifiesto todas las fallas que ameritaban que fuera repudiado de inmediato. Tan solo su madre abogaría en algún momento por él, quizás para sentir que el cobijo que durante nueve meses le había brindado no había sido completamente un error. Su vida debía discurrir muy lejos de allí, y sin embargo le era difícil escapar de esas comidas. 
Observando su reflejo en la quinta copa que le dispensaban había tomado la decisión. Que el almuerzo que acababan de degustar se tiñese de última cena. Eran el destino al que las continuas descalificaciones habían conducido. Escaló hasta el cuarto piso internado en la cabina del ascensor. Abrió la puerta y observó durante varios segundos la silueta de su madre mientras limpiaba los platos que había decidido aparcar para disfrutar de un descanso en la sobremesa. Continuó avanzando por el pasillo y amagó detenerse frente al cuarto donde su hermano seguramente invertiría la tarde al completo en comprobar datos y cifras que le valiesen un reconocimiento con el que después presumir en la próxima cumbre familiar. Al final del corredor su padre ocultaba los ronquidos con la puerta de su dormitorio. Nada acorde con el papel de afamado empresario. 
Finalmente se introdujo en su habitación, rebusco bajo el colchón y extrajo el revólver con el que se sufragaba las dosis que le habían conducido hacia la historia que escribía con jeringuillas sobre papel plata. Encañonó el espejo anclado a la puerta de su armario y contempló su frente dividida por el punto de mira. Se alejó del guardarropa y continúo con el arma aferrada a su mano derecha mientras volvía sobre sus pasos en dirección a la cocina. Una vez allí, elevó el brazo hasta colocarlo en perpendicular a su espalda. Elevó la pistola hasta la altura del pecho de su madre y se la tendió descargada como ofrenda de contrición.

lunes, 27 de agosto de 2012

Diferente del resto de la gente

Nunca tuve dudas acerca de mi salud mental hasta que me descubrí encariñándome con los enfados. Era mi manera de sentir propio esa archiutilizada sentencia: "No sabes lo que tienes hasta que lo pierdes". La razón de que ellos se hayan convertido para mí en algo positivo (siempre dentro de un contexto, entendedme), es la vuelta a la normalidad que les sigue. Y los minutos precedentes, ese tiempo en el que la discusión secreta toda su amargura y emponzoña el momento nublando tu mente en todos los asuntos que no sean el conflicto surgido. También dudo de mi nivel de locura cuando descubro que he olvidado cómo se diferenciaban las bromas de la realidad, no diferencio lo fingido de lo auténtico, algo que me ha cosechado más de un varapalo recientemente. 
Quizás acierten cuando me llaman loco, pero quiero alegar que quien comenzó a llamarme así fue quien me hizo dudar de mi cordura. Quien trastornó mi sentido de la amistad perfeccionándolo. Hasta ahora, que los amigos te corrigiesen y llevasen por el "buen camino" era algo que en mi vida formaba parte de la teoría. Con ella se ha personificado en cada bronca que, lejos de separarnos, me hacía sentirme cada vez con mayores ansias de estrechar nuestra amistad. Reprende sin miedo, con toda la confianza en la corrección de su amonestación. Algo que te hace saber con certeza que nunca te defraudará.
Ahora mismo solo puedo encontrar una palabra con la que referirme a ella. Ese "gracias" que demasiado habitualmente suena a fórmula prediseñada y desgastada, pero que cobra aquí todo su significado. Un agradecimiento que va siempre unido a una disculpa por todas las veces en las que no llego a lo que esperaba de mí. Y por haber dudado de que entre nosotros se pudiera gozar de esta confianza y amistad. No es que no lo creyera, es que nunca lo había pensado. Ha sido una sorpresa. Una sorpresa que se mezcla y confunde con la felicidad de haberme topado con alguien a quien realmente merece la pena tener cerca. 


Tengo la esperanza de que las amistades reñidas sean también las más queridas, y de que, de no serlo, al menos sean eternas.

miércoles, 15 de agosto de 2012

No te marches


Personalmente, no alcanzo a adivinar si cuando aquel personaje interceptaba con su mirada a su compañera de historia su mente estaba copada de problemas, dudas, nostalgia y melancolía. No era un personaje tan trabajado como para conocer sus pensamientos. Por tanto, tampoco sabré nunca si los cruces de miradas le generaron ideas o si simplemente encontraba en ellos complicidad. Aunque, pese a no estar muy cincelado, sí que tenía al menos una cualidad que hace que su creador le envidie: no se dejaba superar por las circunstancias. No compartimos punto débil. No compartimos ciudad ni transporte ni, seguramente, mirada. No compartimos historia. Sin embargo, compartimos final. Aunque el suyo sea feliz. Tú, por supuesto, tienes todo el derecho a marcharte. Incluso consideraría lógico que lo hicieras, que recompensaras así mi torpeza. Pero, si me lo permites, te pediré que no lo hagas. Que no abandones la confianza que estábamos empezando a disfrutar, la amistad que se traducía en sonrisas y seguridad cuando estabas cerca. Por primera vez en mi vida, había logrado descubrir quién estaba detrás de tu cara, quién eras interiormente. Y poco a poco había visto a una chica que se hacía un hueco mayor a cada momento.
El día que leíste aquello me dijiste que querías que algún día te escribiera algo a ti. Siento que llegue tarde y espero que no sea demasiado. Al igual que espero que aceptes la petición que veinticuatro horas más tarde, una rayada menos y otra mucho mayor más, te dirijo. Me he cansado de intentar levantarme. Me ha cansado el teatro y la sonrisa forzada. No puedo disimular más. No puedo dejarte marchar.

domingo, 29 de julio de 2012

No te puedes marchar


Frío. Comenzaba a sentirse el frío en el andén donde los minutos para el próximo tren se dilataban milagrosamente transformándose en horas, los relojes deciden no avanzar y los pies recorren las pisadas inquietas que otros han dejado sobre las baldosas. Hombres de bolsa, fontaneros, carpinteros, pilotos de aviación, camareros, diplomáticos, policías, parados, amas de casa, bomberos, adolescentes encaminándose al instituto o escapando de él… Desconocidos.
Los ojos de una anciana recorren ávidos el libro en cuya lectura se afana. Tan solo la ha abandonado para preguntarle la hora al ver su reloj deslizarse bajo la manga de su camisa. Están solos en el andén. Ella leyendo y él concentrado en despejar la mente, en no pensar pensando en blanco. Imposible. Escruta los carteles, la publicidad que adorna la particular sala de espera. Fuera de la verja la noche cayó hacía horas, allí los focos hacían que permanentemente se disfrutase de un día. Alumbraban constantemente, animando a esclarecer el interior.
Una joven se suma al banco que ocupaba la señora. No se miran. Parece haberse traído la historia de casa y no precisar libro para rememorarla. Sus tacones, aliados con el vestido, evidenciaban que su noche había sido distinta de la de sus dos compañeros de espera. Sus ojos, inaccesibles por la mano que ha colocado para interceptar cualquier contacto visual, escrutan las vías en el horizonte cuando no recaen sobre el semáforo que a pocos metros mantiene su luz roja.
La bocina desgarra la tensión que se había posado sobre la parada. Sirve de señal para que todos se aproximen al extremo. La chica ha abandonado su secretismo y deja escapar dos ojos que por unos instantes apartan la atención del joven del tren que termina la frenada ante él. Cuando ella decide dar muestras de que se ha percatado de su mirada, él la aparta rápidamente y finge —con una pésima interpretación— estar cansado. Ella suspira con un deje de hartazgo e invade el solitario vagón que ha escogido. El mismo que él, pero no lo sabrá hasta que al sentarse lo encuentre seis asientos por delante con sus pupilas traspasando el vidrio de la ventanilla. En realidad está buscando su reflejo.
Nada más arrancar, el cuerpo del chico acusa el zarandeo obligándole a aferrarse al sillón. En una excursión que sus ojos deciden realizar inmediatamente por el coche, la sonrisa que sigue a los ojos de ella evidencia que ha sido testigo del incidente. La corresponde, y decide aguantar la mirada para comenzar a jugar. Ella acepta y hace descender sus párpados para preparar a sus dos mejores atletas para el campeonato. Él no sabe cómo interpretar aquel gesto, hasta que descubre que no es más que un intento de tomar carrerilla para que el salto sea más bello. Se deja caer hacia atrás y mantiene la vista fija en su rostro, donde el rojo está comenzando a teñir sus mejillas. Lo acusa y lanza una de sus manos para intentar camuflarlo, pero los labios de su interlocutor adoptan una posición de suspiro o de súplica de silencio que la hacen detenerse y dejarle regocijarse en la muralla que ella acaba de rendir. El pecho del joven se hincha y deja escapar el aire en una espiración prolongada que aprovecha para hacer deambular la vista por la fracción de exterior que deja ver el cristal. Está llegando. El único día que no importaba la duración del trayecto. Ella ha leído la desolación en su rostro, y el rótulo de próxima estación la obliga a lanzar una última mirada de despedida, de adiós machado de hasta siempre. Él agacha la cabeza al captarla y aprieta el puño sobre su rodilla. Espera a que ella abandone su asiento y se coloque de espaldas. Entonces se acerca sigilosamente y posa su mano sobre la que intentaba abrir la puerta del vagón.  Ella, sorprendida se vuelve a tiempo para que sean esta vez sus sonrisas las que se reten antes de que sus labios esbocen «Ya no te puedes marchar».

viernes, 27 de julio de 2012

Defina miedo


Hemos traspasado la frontera. El terror de hoy no se oculta tras una careta sanguinolenta, sino que prefiere mostrarse al descubierto, sin velos, sin medias tintas. Adora publicitarse y darse a conocer. Y nosotros lo loamos inconscientemente. Es el miedo que ha dejado de serlo para convertirse en cotidianeidad, el pánico disfrazado de monotonía que ha conseguido confundir nuestra visión fidedigna de la realidad. ¿Quién ha logrado conservar una esperanza después de asistir a las matanzas que día a día merman la credibilidad en el hombre? ¿Quién, sabiendo que a cada tres segundos un niño muere en el mundo, mantiene su fe en una humanidad capaz de llevar hasta el máximo de perfección a un conjunto de engranajes pero que aparta la mirada cuando la muerte se ensaña con su semejante más débil?
No hablamos de espíritus endemoniados ni de destripadores del pasado, lo que atemoriza hoy es la indiferencia, la pasividad, la tolerancia que hemos desarrollado. Asusta el desvirtuado concepto de libertad que amenaza con esclavizarnos, pero asusta aún más que haya alguien dispuesto a hacerlo antes de que nosotros mismos lo consigamos. Aterra pensar que la única solución se encuentra en la violencia, que solo las armas nos concederán la auténtica revolución que nos liberte de las garras armadas de unos captores demasiado semejantes a los nuevos héroes. Espantan el conformismo, la justificación y, ante todo, el sometimiento. Horripilan además la mentira, la doble vida, la impunidad. Pero si algo hace estremecerse, son los ojos inocentes que claman justicia antes de cubrirse con su propia sangre. Las bocas que nunca más volverán a abrirse. Las mordazas que silencian las conciencias. Las gargantas ahogadas en un mar de amenazas fundadas. La muerte made in el mundo

jueves, 26 de julio de 2012

Responsabilidad compartida


La primera enseñanza que transmite un error es el arrepentimiento. Quizá lo había olvidado, quizá se había camuflado entre las acusaciones que primero encontraron blanco (en ocasiones fácil) y después se cruzaron comenzando una campaña en todo detestable. Ese ha sido el mayor logro de cuantos nos hemos enzarzado queriendo hacer valer nuestra versión sobre la del resto: una actuación repugnante, un error continuo, una actitud que merece un arrepentimiento igual o mayor al que reclamábamos. Hablando en primera persona, estaba ofuscado, convencido de que los fallos solo los cometía la otra parte y mi conducta no solo era la más correcta sino que ameritaba ser secundada. Y, en paralelo a mi indiferencia, mi responsabilidad en la crisis aumentaba a cada segundo, desgarrando aún más el casco que comenzaba a absorber agua sin cuartel. Hundiéndose. Acabándose. Resultaba bastante estúpido que una sola persona hubiera podido violentar tanto las cosas, pero aún así me lo creía y le hacía cargar con toda la culpa. Hasta que dos frases me desvelaron mi responsabilidad, por suerte no demasiado tarde. Una vez más, un rescate in extremis ha logrado reunir el grupo que comenzaba a batirse en desbandada. Algo que es peligroso cuando ocurre. Algo contra lo que hay que luchar. Y qué mejor manera de hacerlo que empezar por mirarnos todos nuestra conciencia, y dejar que nos la miren los demás para así encontrar las culpas que todos queremos rechazar y los errores que hemos obviado y desconocemos. Es terapia de grupo. Quizá sea la única vía.

viernes, 13 de julio de 2012

Valentía

Al punto descubrió que aquella fina película había terminado de rasgarse. Todos sus recuerdos, las sonrisas, la profesionalidad de antaño, las miradas, la colaboración... Todo aquello no era ahora más que pasado. Pasado del que se había separado inconsciente y contundentemente. Miró sus zapatos y no pudo volver a levantar la cabeza. Se había terminado algo más que un ciclo. Había cerrado algo más que una puerta. Había terminado una historia, había abortado un futuro y terminado bruscamente un pasado. Lo más lamentable era que no le dolía, simplemente le avergonzaba. Sentía vergüenza por el comportamiento mantenido meses atrás, por todas las promesas que había olvidado y las que había considerado pactadas. Sentía vergüenza por lo hipócrita que descubría que había sido, por no comulgar de facto con los consejos que ofrecía. Aquello era cobardía más que carácter. Cobardía de la que también se avergonzaba. 
Una luz iluminó su mente, propagándose por todos los rincones, incluidos aquellos que recibían la luz como algo novedoso. Realmente había pasado demasiado tiempo desde que decidió dirigir claridad hacia su interior. El destello le hizo comprender que había sido aquella cobardía la que le había apartado de aquel mañana idílico. La cobardía que siempre interpretó como la incapacidad para enfrentarse al más fuerte, al poderoso, al que aparentemente le haría temblar. La cobardía que ahora resultaba simplemente la incapacidad para reconocer a su yo auténtico, a su personalidad, a sus sentimientos. 

sábado, 7 de julio de 2012

Flaqueza

Los guantazos han comenzado a venir demasiado seguidos y continuar peleando se hace complicado. Aunque es lo que dicen los manuales, rendirse es lo último. Pero, en ocasiones, las fuerzas fallan, los apoyos se tambalean y la confianza se pierde. Eso es lo que escuece. Creer que todo se podía conseguir y de repente observar cómo realmente nada había estado ni tan siquiera cerca.
Sin embargo, abandonar no te reporta nada. Continuar peleando (o al menos defendiéndote), puede. 

domingo, 24 de junio de 2012

Hoy vuelvo a sentir que tengo miedo


Sabes demasiado bien que pocas veces estoy a la altura de las circunstancias. Me pasó aquella vez de la que tanto hemos hablado, cuando perdí la ocasión más clara que he tenido jamás por no saber ver las señales que eran algo más que directas. Pero el día en el que eras tú quien jugaba en la misma posición que yo asumiese en aquella ocasión, decidí tomar las riendas y llevarte a donde querías ir. Esta vez sí supe interpretar tus señales, será que a ti te conozco mucho mejor. Me tragué los restos que quedaban deambulando por ahí de sentimientos dañinos y no solo asumí, si no que patrociné, la historia que empezabas a escribir. Con miedo, muchísimo miedo. Pero con fe y creyendo en ti. Tú no me defraudarías, ¿verdad? 

Hoy creo que se me ha perdido esta última frase. Pueden ser los cambios, quizá la trinchera que hemos excavado cada uno con mayor o menor intención, las personas a las que hemos conocido... Yo no soy el mismo. De hecho he visto en esta situación una vía de escape magnífica para buscarme a mí mismo. No, no es que te estuviera mintiendo, ni que fuera falso, sino que quizá no he cumplido esa promesa que hice hace tiempo de examinarme para ver qué y cómo estaba siendo y si había mucha diferencia entre eso y como quería ser en realidad. A tu lado siempre tenía una sonrisa en mi cara, pero en ocasiones es preciso arrugar los labios un tiempo para poder sonreír después mucho más. Y ahora mismo estoy arrugándolos más de lo que es común en mí, porque donde antes sonreía, ahora lloro; donde antes te tenía, ahora estás difusa; donde antes te creía segura, ahora te veo tambalearte... Doliéndome mucho, siento que he comenzado a dudar de ti, porque donde antes era feliz, ahora tengo miedo.

domingo, 10 de junio de 2012

Insensible

Algunas veces (léase demasiadas) dejamos nuestros sentimientos a buen resguardo en nuestra mesita de noche antes de afrontar un nuevo día. Tememos que salir a la calle con corazón nos pueda pasar factura, porque más de una vez nos hemos tenido que batir en retirada. Lamentando bajas. Acusando heridas. Deseando no haber emprendido jamás la ofensiva.
Otras veces (no tantas, por suerte), son ellos los que deciden secundar una huelga de percepción sin regalarnos servicio mínimo alguno. Y es en esas ocasiones cuando nos encontramos al escritor que se parafrasea, al amante que sonríe porque -esta vez sí- se ha quedado sin palabras, al amigo que no consigue escribir unas líneas con las que adornar un gracias que, comparado con el favor recibido, es cuanto menos cutre; nos encontramos, en definitiva, los restos de la falta de inspiración, que se ha aliado demasiado con el corazón y ha triunfado en su jornada de paro. Véase este ejemplo.

martes, 5 de junio de 2012

Perdón

Hace tiempo que prometí que circunstancias como esta no se volverían a repetir, que no podía permitir que me arrebatasen lo que creía que me pertenecía por haber estado junto a mí desde la primera respiración de mi vida. Mi independencia. Sin testigos acordé conmigo mismo no permitir a nadie violar la línea que da acceso a mi estado de ánimo. Y tan solo tardé unos meses en transgredir esta norma para que una ilusión se convirtiese en dueña de mis emociones. Después, otro puño sobre el tablero, otra vez a recordarme que así no se hacen las cosas, que así no vamos a ningún sitio... Hasta hoy, en el que de nuevo me ha vuelto a invadir esa sensación de odio hacia uno mismo por mis ataques de gilipollez pasajeros. Los mismos que me pudieron costar mucho, los mismos que me pueden seguir costando bastante hoy, mañana y al día siguiente. Los mismos que vienen seguidos del arrepentimiento propio de la vuelta a la sensatez, cuando te das cuenta de que no se merecían que hablases así, que son momentos en los que algunos comentarios huelgan, y que hay que saber callarse y empatizar. Pero lo más doloroso de todos estos momentos es el saber que si deciden no aceptar tus disculpas, no tendrás más que lo que te has ganado.

domingo, 20 de mayo de 2012

A tu fábrica de proyectos-realidad

El tiempo sin pisar sus baldosas me había hecho olvidar la atmósfera que, siempre en el mejor sentido de la palabra, aquella estancia desprende. Las circunstancias han obligado a espaciar demasiado las visitas que la lejanía hacían de por sí bastante poco habituales. Pero la sensación permanece intacta, cualquiera diría que no ha abandonado sus platos y luces desde la última vez, y metafóricamente hablando podemos decir que no los ha abandonado, pues ha hecho de ellos el centro en torno al que girar. Al igual que la ilustración a la que consagra sus estudios y que comienza a adornar las mesas con alguna que otra producción impresa. “Has tenido éxito, mi más sincera enhorabuena” es todo lo que tu mente acierta a conjugar, pero él no te deja pronunciarlo, porque para entonces ya se habrá interesado por ti, obligándote a responderle con total confianza, esquivando la desgastada fórmula del “bien ¿y tú?”. Y después tampoco podrás felicitarlo, porque adormecerá tu cerebro con algún tema de esos en los que la música cobra relieve y parece invitarte a dejarte llevar por ella. Desde sus tecnicismos te informa de que aquello es por los graves, que nuestro oído no sabe captarlos, que aquí sí es el hábito (como costumbre) la que hace al monje, o al pinchadiscos… Y no entiendes lo que te está diciendo, tan solo descifras las palabras y te centras en intentar disfrutar de los sonidos que se insertan por tu oído como lo hace él. Para entonces ya los parabienes han quedado suspendidos, ha logrado una vez más embriagarte con sus juegos de agudos y graves, ha logrado, como siempre, que tu estancia en su laboratorio sea de contemplación extasiada de las elevadas tallas que moldea con la aguja.

Como siempre, renacen en ti las promesas, arraigadas en la energía que las confiere admirar cómo su sueño se ha hecho realidad. Nada sorprendente, nunca le faltaron decisión ni fuerzas para entregarse a completar sus objetivos cuanto antes y no dejar que el mundo lo viese servido con guarnición. Invirtió los papeles y paladeó el mundo, este verano, en concreto, Alemania.

Tienes toda mi admiración y mi enhorabuena. Por tu trabajo y por tu constancia, por tus éxitos y por la confianza que te ha llevado hasta ellos, por tus proyectos y por la madurez que te conducirá hasta ellos.

lunes, 7 de mayo de 2012

Carta de despedida


"Si por un instante Dios se olvidara de que soy una marioneta de trapo y me regalara un trozo de vida, posiblemente no diría todo lo que pienso, pero en definitiva pensaría todo lo que digo.
Daría valor a las cosas, no por lo que valen, sino por lo que significan. Dormiría poco, soñaría más, entiendo que por cada minuto que cerramos los ojos, perdemos sesenta segundos de luz. Andaría cuando los demás se detienen, despertaría cuando los demás duermen.
Escucharía cuando los demás hablan y cómo disfrutaría de un buen helado de chocolate. Si Dios me obsequiara un trozo de vida, vestiría sencillo, me tiraría de bruces al sol, dejando descubierto, no solamente mi cuerpo sino mi alma.
Dios mío, si yo tuviera un corazón, escribiría mi odio sobre el hielo, y esperaría a que saliera el sol. Pintaría con un sueño de Van Gogh sobre las estrellas un poema de Benedetti y una canción de Serrat, sería la serenata que le ofrecería a la luna.
Regaría con mis lágrimas las rosas, para sentir el dolor de sus espinas, y el encarnado beso de sus pétalos... dios mío, si yo tuviera un trozo de vida... no dejaría pasar un solo día sin decirle a la gente que quiero, que la quiero.
Convencería a cada mujer u hombre de que son mis favoritos y viviría enamorado del amor. A los hombres les probaría cuán equivocados están al pensar que dejan de enamorarse cuando envejecen, sin saber que envejecen cuando dejan de enamorarse.
A un niño le daría alas, pero le dejaría que él solo aprendiese a volar. A los viejos les enseñaría que la muerte no llega con la vejez sino con el olvido. Tantas cosas he aprendido de ustedes, los hombres... he aprendido que todo el mundo quiere vivir en la cima de la montaña, sin saber que la verdadera felicidad está en la forma de subir la escarpada.
He aprendido que cuando un recién nacido aprieta con su pequeño puño, por vez primera, el dedo de su padre, lo tiene atrapado por siempre. He aprendido que un hombre sólo tiene derecho a mirar a otro hacia abajo, cuando ha de ayudarle a levantarse. Son tantas cosas las que he podido aprender de ustedes, pero realmente de mucho no habrán de servir, porque cuando me guarden dentro de esa maleta, infelizmente me estaré muriendo."
Gabriel García Márquez

Continuar, sin puntos suspensivos

Las circunstancias han sufrido un vertiginoso cambio. La apuesta segura de ayer no es hoy más que un simple paso que encara el abismo, y los mejores amigos de hace meses se resisten incluso a guardar una relación de enemigo. Prefieren la distancia, la lejanía, la indiferencia. ¿Sorprendente? Quizá hace un tiempo. La verdad es que esto no es más que la culminación de un proceso, un hecho que cierra una tendencia ocultada por los intentos de convencerme y justificarlos. ¿Doloroso? Quizá hace un tiempo. La verdad es que... Exacto, el tiempo ha cicatrizado una herida que no se había producido. 
Y esto no es más que la realidad. Sin juicios, sin entrar a valorar. Aquí no hay ni cabrones ni fantasmas, ni falsos ni calculadores, ni interesados ni defraudados... No hay más que una conquista a pulso, labrada día a día en los corrillos a las espaldas, en las manos que ayudaban y después herían, en las conductas fingidas que ocultaban la desmembración que resultaba evidente y temiblemente cercana. Y cuando se ha consumado nadie la ha querido documentar. Ni reconocer. Pero sí aceptar. 
De nada serviría intentar remendar los errores, el juego a partir de ahora no consiste en más que en cimentar la continuación.

lunes, 23 de abril de 2012


Nos empeñamos en ver claros demasiado encapotados. En complicar lo sencillo para que se ajuste al esquema de dificultad que hemos elaborado y perfeccionado en nuestra mente en el que todo lo que no ocurre debe encajar. Y si no encaja, lo cuadramos, aunque haya que distorsionarlo demasiado, aunque el producto no tenga relación alguna con los términos. Pero… ¡ah! Qué bien sienta ver que la situación encaja perfectamente, tan solo retocando ligeramente las intenciones de los involucrados: el que antes amaba, pasa a estar movido por intereses; el que ayuda de manera altruista, busca recabar algo personal; y el que está esperando escondido tras la columna esperándote a la salida de clase, el que modificó hace meses su ruta para coincidir contigo, el que aparta bruscamente la mirada cuando la tuya la intercepta, ése no te ama, simplemente se dan una increíble series de casualidades mucho más difíciles de explicar que un simple te quiere.


Intenta mirar la realidad sin colocarle a tus gafas unos cristales tan tintados que en lugar de colorearla oculten la belleza de las cosas sencillas. 

Acababa de volver

Acababa de volver, el fantasma de los quiero y no puedo, de las quinientas excusas inventadas en los prolegómenos de un momento que podría haber cambiado tu vida si no las hubieras atendido, de los sueños frustrados por la indecisión y el temor a un desenlace que infundadamente auguramos negativo. Acababa de volver y ya había logrado jugar hasta el jaque: todas las sensaciones de seguridad, los gestos que brindaban alas, la tranquilidad que te otorga ver que los errores que han marcado el pasado no se están cometiendo en el presente; habían quedado desarticulados por la magia, de un tinte oscuro rayando el negro, con que aquella odiosa sensación se expandía por su cerebro. El resultado era fácil de anticipar: aunque todas las evidencias resaltaban que la partida estaba ganada, se aferraría a la única probabilidad que anunciaba lo contrario y que hasta hacía unos minutos no estaba allí. ¿Habían sido las circunstancias las que la habían colocado a su vista? No, había sido ella sola, con la inestimable colaboración de su amor por el fracaso.