martes, 27 de diciembre de 2011

Dicen que rectificar es de sabios

Sabía demasiado amargo, y esa sensación se acrecentaba al comprobar que no era más que un intento, fraudulento desde sus inicios, de engañarme a mí mismo. Primero probé con excusas, cuando estas se volvieron demasiado frágiles opté por emplear otros argumentos más sólidos y veraces a simple vista, pero que no pasaban de ser coartadas fácilmente desmontables. He de admitir que, alcanzado el punto máximo de hartazgo por la continua fabricación de pretextos, llegué a encontrar en el proliferante trabajo diario una evasiva ideal para justificarme. Y lo hice. Por estúpido que parezca, ¡me justifiqué ante mí mismo! Y ahí residía el gran problema, en que yo era a la vez defensa, acusación y jurado, y con mi conducta estaba tornando irremediablemente en verdugo, con formas de suicida (que no de kamikaze, porque no lograba ningún hito con mi conducta), pero verdugo al fin y al cabo.
Cuando ya ni siquiera eran necesarias las coartadas (esto era caso sobreseído) una soga lanzada con la esperanza de socorrer a quien creía en peligro me ha derrumbado, sin necesidad de testimonios, toda mi defensa. Y es que, creyéndome capaz de asistir, me he percatado de mi necesidad de asistencia.
Vuelvo no en renglón nuevo, sino a renglón seguido.
Gracias a la que espero continúe siendo mi más fiel autora.