domingo, 2 de septiembre de 2012

Relámpago en la oscuridad

Los recuerdos de aquel día están inevitablemente acompañados del olor a humo con el que accedió al salón aquella tarde. Había abandonado el domicilio paterno pocos minutos después de terminar de comer, sin esperar a que el resto de familiares con los que compartía la mesa hubieran acabado de desmenuzar el postre. Quería escapar de las conversaciones  y los comentarios que poblarían la sobremesa, de los juicios a los que se sometería su actitud en cuanto las servilletas se alejaran de los labios y reposaran sobre el mantel expectantes, sabedoras de la batalla que se iba a librar. Limpia. Sin rastro. Pero hiriente como la que más. La intervención de su padre con una pregunta con entonación trivial abriría la tortura. Seguramente querría saber acerca de su nueva pareja, de su situación económica. Juzgar su clase social, como acostumbraba. Él seguía siendo la pieza de cartón desgastado que todos pretendían hacer encajar en su puzle original. Sin considerar la posibilidad de que hubiera sido él quien decidiera cortar sus esquinas para no poder ensamblarse nunca más en el ambiente aristocrático que del aliento de sus padres emanaba. Parejo a la ira que esto provocaba. Después de su progenitor, sería su hermano quien intervendría. Sin apelarle, iniciaría una conversación con sus padres destinada a poner de manifiesto todas las fallas que ameritaban que fuera repudiado de inmediato. Tan solo su madre abogaría en algún momento por él, quizás para sentir que el cobijo que durante nueve meses le había brindado no había sido completamente un error. Su vida debía discurrir muy lejos de allí, y sin embargo le era difícil escapar de esas comidas. 
Observando su reflejo en la quinta copa que le dispensaban había tomado la decisión. Que el almuerzo que acababan de degustar se tiñese de última cena. Eran el destino al que las continuas descalificaciones habían conducido. Escaló hasta el cuarto piso internado en la cabina del ascensor. Abrió la puerta y observó durante varios segundos la silueta de su madre mientras limpiaba los platos que había decidido aparcar para disfrutar de un descanso en la sobremesa. Continuó avanzando por el pasillo y amagó detenerse frente al cuarto donde su hermano seguramente invertiría la tarde al completo en comprobar datos y cifras que le valiesen un reconocimiento con el que después presumir en la próxima cumbre familiar. Al final del corredor su padre ocultaba los ronquidos con la puerta de su dormitorio. Nada acorde con el papel de afamado empresario. 
Finalmente se introdujo en su habitación, rebusco bajo el colchón y extrajo el revólver con el que se sufragaba las dosis que le habían conducido hacia la historia que escribía con jeringuillas sobre papel plata. Encañonó el espejo anclado a la puerta de su armario y contempló su frente dividida por el punto de mira. Se alejó del guardarropa y continúo con el arma aferrada a su mano derecha mientras volvía sobre sus pasos en dirección a la cocina. Una vez allí, elevó el brazo hasta colocarlo en perpendicular a su espalda. Elevó la pistola hasta la altura del pecho de su madre y se la tendió descargada como ofrenda de contrición.

lunes, 27 de agosto de 2012

Diferente del resto de la gente

Nunca tuve dudas acerca de mi salud mental hasta que me descubrí encariñándome con los enfados. Era mi manera de sentir propio esa archiutilizada sentencia: "No sabes lo que tienes hasta que lo pierdes". La razón de que ellos se hayan convertido para mí en algo positivo (siempre dentro de un contexto, entendedme), es la vuelta a la normalidad que les sigue. Y los minutos precedentes, ese tiempo en el que la discusión secreta toda su amargura y emponzoña el momento nublando tu mente en todos los asuntos que no sean el conflicto surgido. También dudo de mi nivel de locura cuando descubro que he olvidado cómo se diferenciaban las bromas de la realidad, no diferencio lo fingido de lo auténtico, algo que me ha cosechado más de un varapalo recientemente. 
Quizás acierten cuando me llaman loco, pero quiero alegar que quien comenzó a llamarme así fue quien me hizo dudar de mi cordura. Quien trastornó mi sentido de la amistad perfeccionándolo. Hasta ahora, que los amigos te corrigiesen y llevasen por el "buen camino" era algo que en mi vida formaba parte de la teoría. Con ella se ha personificado en cada bronca que, lejos de separarnos, me hacía sentirme cada vez con mayores ansias de estrechar nuestra amistad. Reprende sin miedo, con toda la confianza en la corrección de su amonestación. Algo que te hace saber con certeza que nunca te defraudará.
Ahora mismo solo puedo encontrar una palabra con la que referirme a ella. Ese "gracias" que demasiado habitualmente suena a fórmula prediseñada y desgastada, pero que cobra aquí todo su significado. Un agradecimiento que va siempre unido a una disculpa por todas las veces en las que no llego a lo que esperaba de mí. Y por haber dudado de que entre nosotros se pudiera gozar de esta confianza y amistad. No es que no lo creyera, es que nunca lo había pensado. Ha sido una sorpresa. Una sorpresa que se mezcla y confunde con la felicidad de haberme topado con alguien a quien realmente merece la pena tener cerca. 


Tengo la esperanza de que las amistades reñidas sean también las más queridas, y de que, de no serlo, al menos sean eternas.

miércoles, 15 de agosto de 2012

No te marches


Personalmente, no alcanzo a adivinar si cuando aquel personaje interceptaba con su mirada a su compañera de historia su mente estaba copada de problemas, dudas, nostalgia y melancolía. No era un personaje tan trabajado como para conocer sus pensamientos. Por tanto, tampoco sabré nunca si los cruces de miradas le generaron ideas o si simplemente encontraba en ellos complicidad. Aunque, pese a no estar muy cincelado, sí que tenía al menos una cualidad que hace que su creador le envidie: no se dejaba superar por las circunstancias. No compartimos punto débil. No compartimos ciudad ni transporte ni, seguramente, mirada. No compartimos historia. Sin embargo, compartimos final. Aunque el suyo sea feliz. Tú, por supuesto, tienes todo el derecho a marcharte. Incluso consideraría lógico que lo hicieras, que recompensaras así mi torpeza. Pero, si me lo permites, te pediré que no lo hagas. Que no abandones la confianza que estábamos empezando a disfrutar, la amistad que se traducía en sonrisas y seguridad cuando estabas cerca. Por primera vez en mi vida, había logrado descubrir quién estaba detrás de tu cara, quién eras interiormente. Y poco a poco había visto a una chica que se hacía un hueco mayor a cada momento.
El día que leíste aquello me dijiste que querías que algún día te escribiera algo a ti. Siento que llegue tarde y espero que no sea demasiado. Al igual que espero que aceptes la petición que veinticuatro horas más tarde, una rayada menos y otra mucho mayor más, te dirijo. Me he cansado de intentar levantarme. Me ha cansado el teatro y la sonrisa forzada. No puedo disimular más. No puedo dejarte marchar.

domingo, 29 de julio de 2012

No te puedes marchar


Frío. Comenzaba a sentirse el frío en el andén donde los minutos para el próximo tren se dilataban milagrosamente transformándose en horas, los relojes deciden no avanzar y los pies recorren las pisadas inquietas que otros han dejado sobre las baldosas. Hombres de bolsa, fontaneros, carpinteros, pilotos de aviación, camareros, diplomáticos, policías, parados, amas de casa, bomberos, adolescentes encaminándose al instituto o escapando de él… Desconocidos.
Los ojos de una anciana recorren ávidos el libro en cuya lectura se afana. Tan solo la ha abandonado para preguntarle la hora al ver su reloj deslizarse bajo la manga de su camisa. Están solos en el andén. Ella leyendo y él concentrado en despejar la mente, en no pensar pensando en blanco. Imposible. Escruta los carteles, la publicidad que adorna la particular sala de espera. Fuera de la verja la noche cayó hacía horas, allí los focos hacían que permanentemente se disfrutase de un día. Alumbraban constantemente, animando a esclarecer el interior.
Una joven se suma al banco que ocupaba la señora. No se miran. Parece haberse traído la historia de casa y no precisar libro para rememorarla. Sus tacones, aliados con el vestido, evidenciaban que su noche había sido distinta de la de sus dos compañeros de espera. Sus ojos, inaccesibles por la mano que ha colocado para interceptar cualquier contacto visual, escrutan las vías en el horizonte cuando no recaen sobre el semáforo que a pocos metros mantiene su luz roja.
La bocina desgarra la tensión que se había posado sobre la parada. Sirve de señal para que todos se aproximen al extremo. La chica ha abandonado su secretismo y deja escapar dos ojos que por unos instantes apartan la atención del joven del tren que termina la frenada ante él. Cuando ella decide dar muestras de que se ha percatado de su mirada, él la aparta rápidamente y finge —con una pésima interpretación— estar cansado. Ella suspira con un deje de hartazgo e invade el solitario vagón que ha escogido. El mismo que él, pero no lo sabrá hasta que al sentarse lo encuentre seis asientos por delante con sus pupilas traspasando el vidrio de la ventanilla. En realidad está buscando su reflejo.
Nada más arrancar, el cuerpo del chico acusa el zarandeo obligándole a aferrarse al sillón. En una excursión que sus ojos deciden realizar inmediatamente por el coche, la sonrisa que sigue a los ojos de ella evidencia que ha sido testigo del incidente. La corresponde, y decide aguantar la mirada para comenzar a jugar. Ella acepta y hace descender sus párpados para preparar a sus dos mejores atletas para el campeonato. Él no sabe cómo interpretar aquel gesto, hasta que descubre que no es más que un intento de tomar carrerilla para que el salto sea más bello. Se deja caer hacia atrás y mantiene la vista fija en su rostro, donde el rojo está comenzando a teñir sus mejillas. Lo acusa y lanza una de sus manos para intentar camuflarlo, pero los labios de su interlocutor adoptan una posición de suspiro o de súplica de silencio que la hacen detenerse y dejarle regocijarse en la muralla que ella acaba de rendir. El pecho del joven se hincha y deja escapar el aire en una espiración prolongada que aprovecha para hacer deambular la vista por la fracción de exterior que deja ver el cristal. Está llegando. El único día que no importaba la duración del trayecto. Ella ha leído la desolación en su rostro, y el rótulo de próxima estación la obliga a lanzar una última mirada de despedida, de adiós machado de hasta siempre. Él agacha la cabeza al captarla y aprieta el puño sobre su rodilla. Espera a que ella abandone su asiento y se coloque de espaldas. Entonces se acerca sigilosamente y posa su mano sobre la que intentaba abrir la puerta del vagón.  Ella, sorprendida se vuelve a tiempo para que sean esta vez sus sonrisas las que se reten antes de que sus labios esbocen «Ya no te puedes marchar».

viernes, 27 de julio de 2012

Defina miedo


Hemos traspasado la frontera. El terror de hoy no se oculta tras una careta sanguinolenta, sino que prefiere mostrarse al descubierto, sin velos, sin medias tintas. Adora publicitarse y darse a conocer. Y nosotros lo loamos inconscientemente. Es el miedo que ha dejado de serlo para convertirse en cotidianeidad, el pánico disfrazado de monotonía que ha conseguido confundir nuestra visión fidedigna de la realidad. ¿Quién ha logrado conservar una esperanza después de asistir a las matanzas que día a día merman la credibilidad en el hombre? ¿Quién, sabiendo que a cada tres segundos un niño muere en el mundo, mantiene su fe en una humanidad capaz de llevar hasta el máximo de perfección a un conjunto de engranajes pero que aparta la mirada cuando la muerte se ensaña con su semejante más débil?
No hablamos de espíritus endemoniados ni de destripadores del pasado, lo que atemoriza hoy es la indiferencia, la pasividad, la tolerancia que hemos desarrollado. Asusta el desvirtuado concepto de libertad que amenaza con esclavizarnos, pero asusta aún más que haya alguien dispuesto a hacerlo antes de que nosotros mismos lo consigamos. Aterra pensar que la única solución se encuentra en la violencia, que solo las armas nos concederán la auténtica revolución que nos liberte de las garras armadas de unos captores demasiado semejantes a los nuevos héroes. Espantan el conformismo, la justificación y, ante todo, el sometimiento. Horripilan además la mentira, la doble vida, la impunidad. Pero si algo hace estremecerse, son los ojos inocentes que claman justicia antes de cubrirse con su propia sangre. Las bocas que nunca más volverán a abrirse. Las mordazas que silencian las conciencias. Las gargantas ahogadas en un mar de amenazas fundadas. La muerte made in el mundo

jueves, 26 de julio de 2012

Responsabilidad compartida


La primera enseñanza que transmite un error es el arrepentimiento. Quizá lo había olvidado, quizá se había camuflado entre las acusaciones que primero encontraron blanco (en ocasiones fácil) y después se cruzaron comenzando una campaña en todo detestable. Ese ha sido el mayor logro de cuantos nos hemos enzarzado queriendo hacer valer nuestra versión sobre la del resto: una actuación repugnante, un error continuo, una actitud que merece un arrepentimiento igual o mayor al que reclamábamos. Hablando en primera persona, estaba ofuscado, convencido de que los fallos solo los cometía la otra parte y mi conducta no solo era la más correcta sino que ameritaba ser secundada. Y, en paralelo a mi indiferencia, mi responsabilidad en la crisis aumentaba a cada segundo, desgarrando aún más el casco que comenzaba a absorber agua sin cuartel. Hundiéndose. Acabándose. Resultaba bastante estúpido que una sola persona hubiera podido violentar tanto las cosas, pero aún así me lo creía y le hacía cargar con toda la culpa. Hasta que dos frases me desvelaron mi responsabilidad, por suerte no demasiado tarde. Una vez más, un rescate in extremis ha logrado reunir el grupo que comenzaba a batirse en desbandada. Algo que es peligroso cuando ocurre. Algo contra lo que hay que luchar. Y qué mejor manera de hacerlo que empezar por mirarnos todos nuestra conciencia, y dejar que nos la miren los demás para así encontrar las culpas que todos queremos rechazar y los errores que hemos obviado y desconocemos. Es terapia de grupo. Quizá sea la única vía.

viernes, 13 de julio de 2012

Valentía

Al punto descubrió que aquella fina película había terminado de rasgarse. Todos sus recuerdos, las sonrisas, la profesionalidad de antaño, las miradas, la colaboración... Todo aquello no era ahora más que pasado. Pasado del que se había separado inconsciente y contundentemente. Miró sus zapatos y no pudo volver a levantar la cabeza. Se había terminado algo más que un ciclo. Había cerrado algo más que una puerta. Había terminado una historia, había abortado un futuro y terminado bruscamente un pasado. Lo más lamentable era que no le dolía, simplemente le avergonzaba. Sentía vergüenza por el comportamiento mantenido meses atrás, por todas las promesas que había olvidado y las que había considerado pactadas. Sentía vergüenza por lo hipócrita que descubría que había sido, por no comulgar de facto con los consejos que ofrecía. Aquello era cobardía más que carácter. Cobardía de la que también se avergonzaba. 
Una luz iluminó su mente, propagándose por todos los rincones, incluidos aquellos que recibían la luz como algo novedoso. Realmente había pasado demasiado tiempo desde que decidió dirigir claridad hacia su interior. El destello le hizo comprender que había sido aquella cobardía la que le había apartado de aquel mañana idílico. La cobardía que siempre interpretó como la incapacidad para enfrentarse al más fuerte, al poderoso, al que aparentemente le haría temblar. La cobardía que ahora resultaba simplemente la incapacidad para reconocer a su yo auténtico, a su personalidad, a sus sentimientos.