viernes, 13 de julio de 2012

Valentía

Al punto descubrió que aquella fina película había terminado de rasgarse. Todos sus recuerdos, las sonrisas, la profesionalidad de antaño, las miradas, la colaboración... Todo aquello no era ahora más que pasado. Pasado del que se había separado inconsciente y contundentemente. Miró sus zapatos y no pudo volver a levantar la cabeza. Se había terminado algo más que un ciclo. Había cerrado algo más que una puerta. Había terminado una historia, había abortado un futuro y terminado bruscamente un pasado. Lo más lamentable era que no le dolía, simplemente le avergonzaba. Sentía vergüenza por el comportamiento mantenido meses atrás, por todas las promesas que había olvidado y las que había considerado pactadas. Sentía vergüenza por lo hipócrita que descubría que había sido, por no comulgar de facto con los consejos que ofrecía. Aquello era cobardía más que carácter. Cobardía de la que también se avergonzaba. 
Una luz iluminó su mente, propagándose por todos los rincones, incluidos aquellos que recibían la luz como algo novedoso. Realmente había pasado demasiado tiempo desde que decidió dirigir claridad hacia su interior. El destello le hizo comprender que había sido aquella cobardía la que le había apartado de aquel mañana idílico. La cobardía que siempre interpretó como la incapacidad para enfrentarse al más fuerte, al poderoso, al que aparentemente le haría temblar. La cobardía que ahora resultaba simplemente la incapacidad para reconocer a su yo auténtico, a su personalidad, a sus sentimientos. 

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