domingo, 29 de julio de 2012

No te puedes marchar


Frío. Comenzaba a sentirse el frío en el andén donde los minutos para el próximo tren se dilataban milagrosamente transformándose en horas, los relojes deciden no avanzar y los pies recorren las pisadas inquietas que otros han dejado sobre las baldosas. Hombres de bolsa, fontaneros, carpinteros, pilotos de aviación, camareros, diplomáticos, policías, parados, amas de casa, bomberos, adolescentes encaminándose al instituto o escapando de él… Desconocidos.
Los ojos de una anciana recorren ávidos el libro en cuya lectura se afana. Tan solo la ha abandonado para preguntarle la hora al ver su reloj deslizarse bajo la manga de su camisa. Están solos en el andén. Ella leyendo y él concentrado en despejar la mente, en no pensar pensando en blanco. Imposible. Escruta los carteles, la publicidad que adorna la particular sala de espera. Fuera de la verja la noche cayó hacía horas, allí los focos hacían que permanentemente se disfrutase de un día. Alumbraban constantemente, animando a esclarecer el interior.
Una joven se suma al banco que ocupaba la señora. No se miran. Parece haberse traído la historia de casa y no precisar libro para rememorarla. Sus tacones, aliados con el vestido, evidenciaban que su noche había sido distinta de la de sus dos compañeros de espera. Sus ojos, inaccesibles por la mano que ha colocado para interceptar cualquier contacto visual, escrutan las vías en el horizonte cuando no recaen sobre el semáforo que a pocos metros mantiene su luz roja.
La bocina desgarra la tensión que se había posado sobre la parada. Sirve de señal para que todos se aproximen al extremo. La chica ha abandonado su secretismo y deja escapar dos ojos que por unos instantes apartan la atención del joven del tren que termina la frenada ante él. Cuando ella decide dar muestras de que se ha percatado de su mirada, él la aparta rápidamente y finge —con una pésima interpretación— estar cansado. Ella suspira con un deje de hartazgo e invade el solitario vagón que ha escogido. El mismo que él, pero no lo sabrá hasta que al sentarse lo encuentre seis asientos por delante con sus pupilas traspasando el vidrio de la ventanilla. En realidad está buscando su reflejo.
Nada más arrancar, el cuerpo del chico acusa el zarandeo obligándole a aferrarse al sillón. En una excursión que sus ojos deciden realizar inmediatamente por el coche, la sonrisa que sigue a los ojos de ella evidencia que ha sido testigo del incidente. La corresponde, y decide aguantar la mirada para comenzar a jugar. Ella acepta y hace descender sus párpados para preparar a sus dos mejores atletas para el campeonato. Él no sabe cómo interpretar aquel gesto, hasta que descubre que no es más que un intento de tomar carrerilla para que el salto sea más bello. Se deja caer hacia atrás y mantiene la vista fija en su rostro, donde el rojo está comenzando a teñir sus mejillas. Lo acusa y lanza una de sus manos para intentar camuflarlo, pero los labios de su interlocutor adoptan una posición de suspiro o de súplica de silencio que la hacen detenerse y dejarle regocijarse en la muralla que ella acaba de rendir. El pecho del joven se hincha y deja escapar el aire en una espiración prolongada que aprovecha para hacer deambular la vista por la fracción de exterior que deja ver el cristal. Está llegando. El único día que no importaba la duración del trayecto. Ella ha leído la desolación en su rostro, y el rótulo de próxima estación la obliga a lanzar una última mirada de despedida, de adiós machado de hasta siempre. Él agacha la cabeza al captarla y aprieta el puño sobre su rodilla. Espera a que ella abandone su asiento y se coloque de espaldas. Entonces se acerca sigilosamente y posa su mano sobre la que intentaba abrir la puerta del vagón.  Ella, sorprendida se vuelve a tiempo para que sean esta vez sus sonrisas las que se reten antes de que sus labios esbocen «Ya no te puedes marchar».

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