Personalmente, no alcanzo a
adivinar si cuando aquel personaje interceptaba con su mirada a su compañera de
historia su mente estaba copada de problemas, dudas, nostalgia y melancolía. No
era un personaje tan trabajado como para conocer sus pensamientos. Por tanto,
tampoco sabré nunca si los cruces de miradas le generaron ideas o si
simplemente encontraba en ellos complicidad. Aunque, pese a no estar muy
cincelado, sí que tenía al menos una cualidad que hace que su creador le
envidie: no se dejaba superar por las circunstancias. No compartimos punto débil.
No compartimos ciudad ni transporte ni, seguramente, mirada. No compartimos
historia. Sin embargo, compartimos final. Aunque el suyo sea feliz. Tú, por
supuesto, tienes todo el derecho a marcharte. Incluso consideraría lógico que lo hicieras, que
recompensaras así mi torpeza. Pero, si me lo permites, te pediré que no lo
hagas. Que no abandones la confianza que estábamos empezando a disfrutar, la
amistad que se traducía en sonrisas y seguridad cuando estabas cerca. Por
primera vez en mi vida, había logrado descubrir quién estaba detrás de tu cara,
quién eras interiormente. Y poco a poco había visto a una chica que se hacía un
hueco mayor a cada momento.
El día que leíste aquello me
dijiste que querías que algún día te escribiera algo a ti. Siento que llegue
tarde y espero que no sea demasiado. Al igual que espero que aceptes la petición
que veinticuatro horas más tarde, una rayada menos y otra mucho mayor más,
te dirijo. Me he cansado de intentar levantarme. Me ha cansado el teatro y la
sonrisa forzada. No puedo disimular más. No puedo dejarte marchar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario