Frente al número 33 un destello de luces. Las únicas capaces de desgarrar la oscuridad tenue de las farolas. Los faros cubiertos de rojo de algún conductor nocturno que enturbian los ojos que observan en el 33.
En el interior del 33 una mujer con la visión empañada. Nublada por un mar que decidió comenzar a arrugar pañuelos de papel la noche que él decidió desaparecer para siempre. ¡Qué injusticia! Después de lo mucho que ella había empeñado por él, del tiempo que había invertido exclusivamente en verle prosperar cada día, las noches que desde los primeros días de su relación había desvelado con el único motivo de mantenerle tranquilo, sosegado, sin que nada le alterase y pudiera dormir.
No comprende cómo pudo suceder aquella noche algo tan inesperado. Y a cada pregunta que se formula le invaden un maremágnum de cuestiones sin respuesta. La primera, ¿qué le llevó a abandonar su cama aquella noche? Parecía feliz con lo que le rodeaba. Era feliz con lo que le rodeaba, o al menos en eso insistía cuando se le solicitaba que reclamase aquello que precisaba para sentirse completamente realizado. El dinero no era problema. No. Había dilapidado en él cuanto había sido necesario desde que se topó con el primer abandono de su vida, el que se produjo cuando aquel hombre se enteró de la existencia de Manuel... ¡Decidió largarse sin más!, ¡sin una despedida que poder esgrimir como broche de aquella relación! Desapareció, al igual que Manuel, de noche. La hora no la puede precisar. Solo supo que debería eliminarlo de su vida a la mañana siguiente, cuando al abrir los ojos encontró la cama de matrimonio más ancha de lo acostumbrado. No estaba en ella ni tampoco en el resto de habitaciones. Y él sí podía haberla tomado de las manos y, entre los sollozos de una mujer que ve cómo su mundo cambia radicalmente dejándola sola ante un peligro desconocido, haberla comunicado su decisión de eliminar aquel fragmento de su vida. Pero era demasiado cobarde. Resolvió mejor abandonarla con un hijo creciendo en sus entrañas para evitar verse atado a ella de allí en adelante. "Siempre he sido un espíritu libre"... La misma libertad que Manuel heredó de él, la que le llevó sabe Dios por qué motivo a desasirse de las sábanas aquella noche y conducir hasta aquella jodida curva. De nada sirvieron los esfuerzos de los médicos por mantenerle a su lado, se acababa de marchar... ¡otra vez se había marchado!