La primera enseñanza que
transmite un error es el arrepentimiento. Quizá lo había olvidado, quizá se había
camuflado entre las acusaciones que primero encontraron blanco (en ocasiones fácil)
y después se cruzaron comenzando una campaña en todo detestable. Ese ha sido el
mayor logro de cuantos nos hemos enzarzado queriendo hacer valer nuestra versión
sobre la del resto: una actuación repugnante, un error continuo, una actitud que merece
un arrepentimiento igual o mayor al que reclamábamos. Hablando en primera
persona, estaba ofuscado, convencido de que los fallos solo los cometía la otra
parte y mi conducta no solo era la más correcta sino que ameritaba ser
secundada. Y, en paralelo a mi indiferencia, mi
responsabilidad en la crisis aumentaba a cada segundo, desgarrando aún más el
casco que comenzaba a absorber agua sin cuartel. Hundiéndose. Acabándose.
Resultaba bastante estúpido que una sola persona hubiera podido violentar tanto
las cosas, pero aún así me lo creía y le hacía cargar con toda la culpa. Hasta
que dos frases me desvelaron mi responsabilidad, por suerte no demasiado tarde.
Una vez más, un rescate in extremis ha logrado reunir el grupo que comenzaba a
batirse en desbandada. Algo que es peligroso cuando ocurre. Algo contra lo que
hay que luchar. Y qué mejor manera de hacerlo que empezar por mirarnos todos
nuestra conciencia, y dejar que nos la miren los demás para así encontrar las
culpas que todos queremos rechazar y los errores que hemos obviado y
desconocemos. Es terapia de grupo. Quizá sea la única vía.
No hay comentarios:
Publicar un comentario