Acababa de volver, el fantasma de los quiero y no
puedo, de las quinientas excusas inventadas en los prolegómenos de un momento
que podría haber cambiado tu vida si no las hubieras atendido, de los sueños
frustrados por la indecisión y el temor a un desenlace que infundadamente
auguramos negativo. Acababa de volver y ya había logrado jugar hasta el jaque:
todas las sensaciones de seguridad, los gestos que brindaban alas, la
tranquilidad que te otorga ver que los errores que han marcado el pasado no se
están cometiendo en el presente; habían quedado desarticulados por la magia, de
un tinte oscuro rayando el negro, con que aquella odiosa sensación se expandía
por su cerebro. El resultado era fácil de anticipar: aunque todas las
evidencias resaltaban que la partida estaba ganada, se aferraría a la única
probabilidad que anunciaba lo contrario y que hasta hacía unos minutos no
estaba allí. ¿Habían sido las circunstancias las que la habían colocado a su
vista? No, había sido ella sola, con la inestimable colaboración de su amor por el fracaso.
No hay comentarios:
Publicar un comentario