Nos empeñamos en ver claros demasiado encapotados.
En complicar lo sencillo para que se ajuste al esquema de dificultad que hemos
elaborado y perfeccionado en nuestra mente en el que todo lo que no ocurre debe
encajar. Y si no encaja, lo cuadramos, aunque haya que distorsionarlo
demasiado, aunque el producto no tenga relación alguna con los términos. Pero…
¡ah! Qué bien sienta ver que la situación encaja perfectamente, tan solo
retocando ligeramente las intenciones de los involucrados: el que antes amaba,
pasa a estar movido por intereses; el que ayuda de manera altruista, busca
recabar algo personal; y el que está esperando escondido tras la columna
esperándote a la salida de clase, el que modificó hace meses su ruta para
coincidir contigo, el que aparta bruscamente la mirada cuando la tuya la
intercepta, ése no te ama, simplemente se dan una increíble series de casualidades
mucho más difíciles de explicar que un simple te quiere.
Intenta mirar la realidad sin colocarle a tus gafas
unos cristales tan tintados que en lugar de colorearla oculten la belleza de
las cosas sencillas.
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