lunes, 23 de abril de 2012


Nos empeñamos en ver claros demasiado encapotados. En complicar lo sencillo para que se ajuste al esquema de dificultad que hemos elaborado y perfeccionado en nuestra mente en el que todo lo que no ocurre debe encajar. Y si no encaja, lo cuadramos, aunque haya que distorsionarlo demasiado, aunque el producto no tenga relación alguna con los términos. Pero… ¡ah! Qué bien sienta ver que la situación encaja perfectamente, tan solo retocando ligeramente las intenciones de los involucrados: el que antes amaba, pasa a estar movido por intereses; el que ayuda de manera altruista, busca recabar algo personal; y el que está esperando escondido tras la columna esperándote a la salida de clase, el que modificó hace meses su ruta para coincidir contigo, el que aparta bruscamente la mirada cuando la tuya la intercepta, ése no te ama, simplemente se dan una increíble series de casualidades mucho más difíciles de explicar que un simple te quiere.


Intenta mirar la realidad sin colocarle a tus gafas unos cristales tan tintados que en lugar de colorearla oculten la belleza de las cosas sencillas. 

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