Sabes demasiado bien que pocas veces estoy a la altura de las circunstancias. Me pasó aquella vez de la que tanto hemos hablado, cuando perdí la ocasión más clara que he tenido jamás por no saber ver las señales que eran algo más que directas. Pero el día en el que eras tú quien jugaba en la misma posición que yo asumiese en aquella ocasión, decidí tomar las riendas y llevarte a donde querías ir. Esta vez sí supe interpretar tus señales, será que a ti te conozco mucho mejor. Me tragué los restos que quedaban deambulando por ahí de sentimientos dañinos y no solo asumí, si no que patrociné, la historia que empezabas a escribir. Con miedo, muchísimo miedo. Pero con fe y creyendo en ti. Tú no me defraudarías, ¿verdad?
Hoy creo que se me ha perdido esta última frase. Pueden ser los cambios, quizá la trinchera que hemos excavado cada uno con mayor o menor intención, las personas a las que hemos conocido... Yo no soy el mismo. De hecho he visto en esta situación una vía de escape magnífica para buscarme a mí mismo. No, no es que te estuviera mintiendo, ni que fuera falso, sino que quizá no he cumplido esa promesa que hice hace tiempo de examinarme para ver qué y cómo estaba siendo y si había mucha diferencia entre eso y como quería ser en realidad. A tu lado siempre tenía una sonrisa en mi cara, pero en ocasiones es preciso arrugar los labios un tiempo para poder sonreír después mucho más. Y ahora mismo estoy arrugándolos más de lo que es común en mí, porque donde antes sonreía, ahora lloro; donde antes te tenía, ahora estás difusa; donde antes te creía segura, ahora te veo tambalearte... Doliéndome mucho, siento que he comenzado a dudar de ti, porque donde antes era feliz, ahora tengo miedo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario