Hace tiempo que prometí que circunstancias como esta no se volverían a repetir, que no podía permitir que me arrebatasen lo que creía que me pertenecía por haber estado junto a mí desde la primera respiración de mi vida. Mi independencia. Sin testigos acordé conmigo mismo no permitir a nadie violar la línea que da acceso a mi estado de ánimo. Y tan solo tardé unos meses en transgredir esta norma para que una ilusión se convirtiese en dueña de mis emociones. Después, otro puño sobre el tablero, otra vez a recordarme que así no se hacen las cosas, que así no vamos a ningún sitio... Hasta hoy, en el que de nuevo me ha vuelto a invadir esa sensación de odio hacia uno mismo por mis ataques de gilipollez pasajeros. Los mismos que me pudieron costar mucho, los mismos que me pueden seguir costando bastante hoy, mañana y al día siguiente. Los mismos que vienen seguidos del arrepentimiento propio de la vuelta a la sensatez, cuando te das cuenta de que no se merecían que hablases así, que son momentos en los que algunos comentarios huelgan, y que hay que saber callarse y empatizar. Pero lo más doloroso de todos estos momentos es el saber que si deciden no aceptar tus disculpas, no tendrás más que lo que te has ganado.

No hay comentarios:
Publicar un comentario