domingo, 11 de septiembre de 2011

Aviones de odio

Para cuando pude apartar aquella plomiza neblina de mis ojos, el sol ya no brillaba en el azulísimo cielo que me había despertado horas antes. Ahora parecía estar también él ausente, como si el horror de ver cómo los seres humanos podemos destrozarnos mutuamente le hubiera motivado a escapar de la ciudad y refugiarse en algún lugar que todavía estuviera en paz, si realmente existe un lugar así.
La sangre, ya no sé con certeza si es propia o ajena, tiñe los documentos que hace unos minutos presidían la reunión que ha tornado en masacre. Y todo por el odio. Por ese cáncer que destruye nuestra sociedad conforme gana adeptos al disfrazarse de ideal político, religioso, social... El ansia por despedazar a inocentes persiguiendo una esperanza que nunca debió ofrecerse. No creo que se pueda alcanzar un paraíso desgarrando semejantes. Sí creo, en cambio, en las continuas campañas de misión, en la persecución de una justicia que no tenga la venganza como premisa. En la solidaridad, en el dar, desde su expresión más pequeña, como una palabra amable, un abrazo o simplemente una sonrisa; hasta la más alta: la vida, de la que me separan contra mi voluntad antes de lo que habría deseado. La que doy para que, algún día, cuando solo sea una cifra entre las miles que pronto sepultaran estos escombros, sirva para devolver la paz a un mundo que, en días como hoy, 11 de septiembre de 2001, me demuestra que olvidó hace tiempo el significado de esa palabra.

En memoria de las víctimas de los incalificables atentados del 11 de septiembre. Su vida se vio finalizada mucho antes de lo que preveían, y ese sacrificio sirvió para mostrar al mundo las cotas que puede alcanzar el odio hacia otro ser humano y para enseñarnos que el Infierno puede realmente existir sobre la superficie.

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